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El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en conjunto con la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), la Dirección General de Ordenamiento Territorial (DGOT) y la Comisión Permanente de Contingencias (COPECO) vienen impulsando el desarrollo e implementación del Programa de Formación o DIPLOMADO “Planificando el desarrollo con un enfoque de reducción de riesgos, género y recuperación tempana” que busca facilitar que gestores del desarrollo que asumen diferentes roles y responsabilidades, sea en la administración pública, el sector académico, gestión municipal, etc., cuenten con conocimientos y metodologías para incorporar la gestión del riesgo ante desastres con un enfoque de equidad de género como un elemento transversal de los procesos de recuperación temprana/recuperación pos-desastre y de los programas y proyectos de desarrollo a nivel local, municipal y/o sectorial. A su vez, desarrollar investigaciones técnico-científicas y sociales sobre el tema, metodologías, prácticas y propuestas orientadas a la reducción de riesgo, y con ello brindar insumos para mejorar las estrategias, metodologías y mecanismos de planificación del desarrollo, intervención del territorio y ordenamiento del mismo en los niveles nacional, municipal y local.
Se espera que esta iniciativa, más que un producto puntual de capacitación, sea una propuesta de mediano y largo plazo orientada a la construcción de capacidades y la consolidación del SINAGER en Honduras. Es decir, implementar un proceso de formación tipo “cascada” que tenga como estrategia la formación de formadores/as, validación y replicabilidad, adecuación y actualización permanente, continuidad y sostenibilidad del programa formativo.
En este documento presentamos el diseño modular, los contenidos temáticos, los enfoques conceptuales, la metodología de enseñanza-aprendizaje y la estructura curricular del Diplomado en su conjunto, y de cada uno de los Módulos comprendidos en él. En cuanto a su estructura curricular el DIPLOMADO cuenta con un total de un Módulo Introductorio más 4 Módulos adicionales, contemplando 28 Asignaturas o Temas en total y un eje transversal que es el enfoque de género. El Módulo Introductorio está conformado por 6 Asignaturas y el resto de los Módulos varían el número de Asignaturas según la complejidad de su abordaje. La secuencia de los módulos forma una unidad global, aunque pueden considerarse a cada una de ellas como completa en sí misma, es decir que en un momento dado y en ciertas condiciones (reforzar o puntualizar algunos contenidos de manera sintética y general en plenaria) pueden ser abordados, cada módulo, con cierto nivel de autonomía.
El grupo meta al cual está dirigido este curso es: personal técnico de COPECO –quienes serán los responsables de impulsar el SINAGER- funcionariado de organismos nacionales de inversión pública y/u organismos sectoriales (Ministerio de Gobernación y Justicia, SERNA, SOPTRAVI, Salud Pública, MAMUGAH, MAMUCOL, COHDEFOR, etc.) funcionarios y/o técnicos de municipios o gobiernos locales, técnicos de mancomunidades, delegados/as de ONGs, académicos/as de universidades nacionales y profesionales o agentes del sector privado que trabajan cotidianamente en propuestas de reducción del riesgo y/o de desarrollo en los municipios seleccionados.
Objetivos del Diplomado
• Fortalecer capacidades sectoriales y locales por medio de procesos de formación sostenibles y multiplicadores, a partir de desarrollar, construir, validar y aplicar herramientas prácticas por parte de tomadores de decisión, técnicos de instituciones nacionales y municipales y promotores del desarrollo; así como también de revisar la práctica y realizar una lectura crítica que conlleve a la mejora de los mecanismos de gestión.
• Promover una visión integral de los procesos de recuperación temprana/recuperación y de desarrollo relacionando la reducción del riesgo con equidad de género como objeto de los mismos, que desarrolle conocimientos y estimule prácticas y actitudes que vayan transformando las maneras de intervenir y de promover el desarrollo.
Enfoque tematico general
DESASTRES: PROBLEMAS NO RESUELTOS DEL DESARROLLO
«Los desastres van en aumento» es una frase que se ha convertido en un hecho irrefutable cuando de desastres y riesgos se habla. De hecho, los sucesos ocurridos en los últimos años parecen comprobar y ratificar aún más esta afirmación. Alrededor del 75% de la población mundial vive en condiciones y en zonas que, entre los años 1980 y 2000 se han visto afectadas, al menos una vez, por la ocurrencia de terremotos, huracanes o ciclones tropicales, inundaciones, deslizamientos o sequías. Son miles de millones las personas que, en más de 100 países, se ven expuestas periódicamente a algunos de estos fenómenos. En distintas partes del mundo, un estimado de 184 muertes por día ocurre producto de desastres provocados, en parte, por la ocurrencia de estos fenómenos naturales.
Si los desastres han ido en aumento, las pérdidas económicas y sociales que estos conllevan han ido también, de manera lamentable, en potencial incremento. Por ejemplo, las pérdidas por desastres en la década de 1990 han sido ocho veces mayores que en la década de 1960. En el año 2002, Múnich Re estimó que las pérdidas económicas anuales reales alcanzaron un promedio de 75.500 millones de dólares en la década de 1960, 138.400 millones en la de 1970, 213.900 millones en la de 1980 y 659.900 en la de 1990.
La región de Latinoamérica y el Caribe es la segunda región en el mundo más afectada por desastres; y, en los últimos años, el conjunto de sus países contabilizan graves pérdidas sociales y económicas por efecto de los mismos. Algunas cifras globales indican que entre 1990 y 1999 ocurrieron 1.309 desastres de origen natural en la región; y claro, a esta cifra hay que agregar las miles de pérdidas dejadas por muchos otros desastres que han ocurrido en la región durante el último período de tiempo.
Como muestra, en los últimos 4 años, la región se ha visto particularmente afectada por diferentes y simultáneos eventos. Durante el año 2007 numerosas comunidades altamente vulnerables se vieron afectadas por inundaciones y granizadas en Bolivia; inundaciones en Uruguay y Colombia; por el terremoto que afectó la región sur del Perú en el mes de agosto; los huracanes Dean, Félix y Henriette que transitaron afectando Belice, Jamaica, Dominica y Santa Lucia, Nicaragua, Honduras y México; los incendios forestales en Paraguay y Bolivia; el sismo en Marale en Honduras; la tormenta tropical Noel que afectó Haití, Republica Dominicana y Cuba; etc., por mencionar sólo aquellos que captaron atención internacional. Estos eventos generaron una compleja situación humanitaria en la región y tuvieron como resultado poblaciones devastadas, numerosos muertos y desaparecidos, severos daños en infraestructura y viviendas, y enormes pérdidas económicas. En el año 2008, no fueron menores las situaciones de desastres registradas en esta región. Numerosas familias vulnerables afectadas por lluvias intensas, inundaciones, deslizamientos, olas de frío, y sequías en Bolivia, Ecuador, Paraguay, Colombia y Perú; también, poblaciones vulnerables en Centroamérica y el Caribe se vieron afectadas ante el paso de los huracanes Fay, Gustav, Hanna y Ike por sus territorios. Durante el año 2009 el terremoto ocurrido en Costa Rica, las inundaciones en El Salvador y la Fiebre AH1N1 afectaron a un considerable número de poblaciones vulnerables en la región. El presente año 2010, terremotos en Haití y en Chile dejaron como saldo dolor, muerte y cuantiosos daños y pérdidas; a ello se suman otras miles de familias afectadas por fuertes lluvias e inundaciones en Brasil, Bolivia, Perú, Haití, Cuba, Colombia, Ecuador y Republica Dominicana; por efecto de la actividad volcánica en Ecuador y Guatemala; y de las tormentas Agatha y Alex en Honduras, Guatemala, El Salvador y México.
«Los desastres van en aumento» … no obstante lo duro que resulta ser esta afirmación, la venimos repitiendo de manera tan reiterada que pareciera más bien que nos estamos acostumbrando a ella. En otras palabras, nos estamos acostumbrando a que estos hechos sucedan cotidianamente y pareciera que no nos llama la atención escuchar las noticias que hacen referencia a estos y a las poblaciones que fueron afectadas. Nos vamos acostumbrando a que ocurran y a establecer estimados de los daños y las pérdidas; y algunos otros, a conocer cuánto y de qué manera estos desastres impactan sobre el desarrollo y las economías de los países.
Pareciera que nos estamos volviendo insensibles o que nos acomoda (o tranquiliza) más el tratar de solventar estos sucesos con donaciones y ayuda humanitaria para la población afectada, en vez de cuestionarnos sobre cómo y por qué estos desastres ocurren. Nos ha sido, y es más fácil, antes que buscar o asumir responsabilidades, pensar que se trata de «un castigo divino», que «nos acercamos al fin del mundo», que «la naturaleza se está convirtiendo en un ser cada vez más feroz» o que, por mencionar solo algunas afirmaciones que cotidianamente escuchamos, el «cambio climático» es ahora el responsable de todas las desgracias que ocurren.
Pero si los desastres ocurren, es porque existen y existieron condiciones de riesgo que los generaron, y esas condiciones las hemos ido construyendo, se fueron configurando a la par del «desarrollo» de los países y, para el caso de Latinoamérica, como producto de la forma y el modo de hacer desarrollo en la región. Los desastres son solo una constatación del desarrollo o, más bien, son el efecto de ese desarrollo que venimos aplicando. Los desastres nos demuestran «lo mal que hemos cumplido la tarea», algo así como cuando en la escuela, ante el incumplimiento o por mal cumplimiento, reprobamos el curso o la materia. Nos demuestra lo mal que hacemos el desarrollo; la mala y hasta nociva forma de planificar nuestra ciudades y comunidades; la errada forma de asentarnos en el territorio, al ocupar zonas de riesgos (expuestas a inundaciones, deslizamientos, etc.); y la carencia de adecuación al mismo; ese crecimiento rápido, descontrolado y desordenado de nuestras ciudades, acompañado por procesos de urbanización en manos de sectores privados y con débil presencia de un Estado regulador de esos procesos.
Evidencian, además, esas condiciones de exclusión y pobreza existentes; el mal uso (o más bien abuso) de los recursos que nos brinda la naturaleza; la carencia o ausencia de políticas o normas que regulen el uso y acondicionamiento del territorio; la poca capacidad de control y regulación por parte de las organizaciones e instituciones; la forma en que el «lucro» prevalece antes que la «sostenibilidad»; la debilidad de nuestras organizaciones comunitarias y sociales; la poca capacidad de las instancias operativas para manejar mejor las situaciones de emergencias y desastres. En conclusión, el «modelo de desarrollo" en América Latina durante los últimos años contribuyó, de manera decisiva, con la falta de planificación o con su inadecuada preparación, así como con la exclusión y la pobreza.
Se menciona siempre que los desastres impactan en el desarrollo, pero el desarrollo ha configurado y configura, a la vez, las condiciones de riesgo que inevitablemente se materializan en desastres. ¿Y la responsabilidad? Esta recae, entonces, no sólo en las poblaciones afectadas sino, también y más bien, en los planificadores, técnicos, políticos y en todos y todas quienes hacen y deciden qué y de qué manera se hace desarrollo en nuestros países. Si aún dudamos de lo dicho líneas arriba, basta con caminar por nuestras ciudades y nuestros barrios, y ¿podemos acaso dudar de que «todas las condiciones están dadas para que ocurra un desastre»? Solo falta el detonante que bien puede ser una lluvia o un movimiento sísmico, pero las condiciones están desde ya presentes. Si no, tratemos de responder: ¿qué es lo que hace que la lluvia se haya convertido hoy en una amenaza para las poblaciones en vez de seguir siendo un beneficio para la sociedad?
Los desastres forman parte de la historia de nuestros pueblos y comunidades. El cómo y por qué suceden lo encontramos en esa misma historia, en cómo cada poblador y pobladora fue habitando ese territorio, caminándolo, viviendo y transformándolo; y, con una mayor responsabilidad, en cómo las instituciones, técnicos y autoridades han venido participando (o no) en ese proceso. Vivimos en riesgo y cada desastre es una simple consecuencia de los problemas o riesgos que poco a poco hemos ido conformando. Debemos tomar conciencia de que los desastres, más allá de números y cifras, impactan en la sociedad y en el conjunto de comunidades vulnerables que la conforman; impactan en su microeconomía, en su cotidianidad y en los medios de vida de todos y cada uno de los hombres y mujeres que habitan esas comunidades. Impactan en la sociedad, porque al ocurrir un desastre, dado que no se invirtió —interés, esfuerzos, recursos, etc.— en transformar y reducir los riesgos existentes, debe —luego del impacto— invertirse en mitigar el daño provocado y orientar los recursos a la «recuperación de las zonas afectadas», postergando así otras inversiones, dejando de brindar apoyo a otras zonas o sectores, y reorientando los recursos que antes estaban destinados para «desarrollo» a esa recuperación.
ENFOQUE DE GESTIÓN DE RIESGOS
En los últimos años, el enfoque y marco conceptual que rige el tema de desastres, riesgos, amenazas y vulnerabilidades, ha ido evolucionando desde un enfoque clásicamente de atención a la emergencia, hacia un enfoque de gestión integral de riesgos y desastres.
De la atención de los desastres a la reducción de los riesgos
De la atención de los desastres…
En materia de desastres, existe una visión convencional que ha dominado el panorama durante muchos años y que, aún hoy, prevalece en el imaginario de nuestras sociedades, sus gobernantes y la comunidad cooperante. Sin embargo, resulta fácil comprobar que todos los esfuerzos desarrollados hasta hoy y el conjunto de políticas y acciones han sido insuficientes para disminuir significativamente la probabilidad de daños y pérdidas resultantes o, en otras palabras, la ocurrencia de desastres.
El tema de los desastres ha estado, por mucho tiempo, asociado a una serie de ideas o visiones:
• Una visión o enfoque centrado en el desastre mismo, es decir, en la serie de daños físicos, económicos y sociales producto de la ocurrencia de un evento y que requiere de acciones de atención y respuesta inmediata que permitan superar la situación de emergencia dada.
• Una visión de los desastres como fenómenos eminentemente naturales y peligrosos, difíciles de prevenir y controlar.
• Los desastres considerados como «agresiones externas», producto de la «furia de la naturaleza» contra los seres humanos, quienes no les queda otro mecanismo de protección que responder.
• Los desastres vistos como sucesos aislados, detenidos en el tiempo, dimensionados en fases (antes, durante y después) y que, como hechos cumplidos irremediablemente, van a volver a ocurrir (productos).
Así, los desastres han sido hasta ahora el centro de nuestra atención e intervención, y eso significa un factor determinante en la identificación del ¿quiénes?, de las instituciones u organismos responsables o encargados del tema, y del ¿qué hacer? o las medidas o acciones que deben ser priorizadas. Por ello, entre las instituciones u organismos que en determinado momento, o de manera natural, se les vincula o asocia con el tema tenemos a:
• Organismos nacionales de emergencia, protección civil, defensa civil, etc.;
• Organismos de socorro (Cruz Roja, Cuerpo de Bomberos, etc.);
• Organismos de ayuda humanitaria; y
• Expertos y especialistas en ciencias de la tierra e ingeniería (geólogos, vulcanólogos, sismólogos, meteorólogos, hidrólogos, ingenieros).
Por otro lado, suele no existir una vinculación directa entre las instituciones encargadas del desarrollo en condiciones normales, las encargadas de atender las emergencias y las instituciones que intervienen en el proceso de recuperación/recuperación temprana y reconstrucción luego del desastre.
En consecuencia, las políticas, intervenciones y acciones han estado dirigidas a «responder» y se priorizan las acciones para «estar mejor preparados para enfrentar» y «para atender situaciones adversas causadas por la naturaleza». Por ello, el conjunto de actores sociales han destinado recursos y esfuerzos en los preparativos (en caso de que ocurra), atención a emergencias (una vez que éstas suceden) y, de manera bastante restringida o condicionada a la rehabilitación, recuperación y reconstrucción (entendida como recuperar las condiciones mínimas de sobrevivencia para aquellas poblaciones que se han visto afectadas ante la ocurrencia de un desastre), siempre con un enfoque de producto y con intervenciones rígidas en términos de etapas y plazos.
Lamentablemente, y pese a todos los esfuerzos invertidos y consumidos bajo esta visión centrada en el desastre, no hemos podido resolver el problema. Los desastres no han disminuido y, por el contrario, vemos como van en potencial incremento.
… a la reducción de los riesgos
Pero ¿qué pasa si cambiamos el centro de preocupación y si la reflexión la hacemos de una manera distinta y, en vez de preguntarnos por el desastre mismo, nos preguntamos por los factores y causas que los generan, por esos elementos que hacen posible y generan su ocurrencia? Entonces, nuestra mirada ya no solo se reduce al desastre que ocurrió, sino que se dirige hacia nuestras comunidades y ciudades:
• Nuestra atención se centra en los problemas y el riesgo que estas comunidades y ciudades presentan.
• Entendemos que el problema no son los «desastres» en sí mismos, sino que son el efecto de las condiciones de riesgo existentes en nuestros países. De nuestra habilidad y juicio para actuar sobre los factores que los determinan dependerá que estos se materialicen o no en desastres.
• Nuestra percepción se empieza a ampliar y tenemos una nueva visión sobre el problema: nuestras localidades como escenarios de riesgo construidos mediante la acumulación histórica, en el mismo escenario, de amenazas y vulnerabilidades.
• El riesgo no como un producto estático sino como el resultado de un proceso dinámico y continuo que se configura a la par de nuestros procesos de desarrollo (visión de proceso).
Entonces, bajo esta óptica, el marco de la intervención, de las instituciones y de qué hacer cambia diametralmente:
• El quiénes o los actores del desarrollo. El grupo de actores sociales que debe y tiene responsabilidad de actuar e intervenir en esos escenarios de riesgo se amplía, incluyendo, fundamentalmente, a todos aquellos agentes de desarrollo (los gobernantes, alcaldes, organismos de desarrollo y organizaciones, entre otros).
• Las acciones para transformar. Las acciones y formas de intervención deben de priorizar y estar dirigidas a la transformación de las condiciones de riesgo preexistentes con la finalidad de reducir (de manera progresiva) la ocurrencia de futuros desastres. Es hacer prevención, mitigación, preparativos, atención de la emergencia y rehabilitación, recuperación y reconstrucción pero bajo una óptica distinta, la de preservar la seguridad, medios de vida y sostenibilidad de los procesos de desarrollo.
¿De qué estamos hablando?... Esta manera alternativa de entender las cosas en materia de riesgos y desastres es el enfoque de gestión de riesgos o reducción de riesgos. Bajo este marco, urge conjugar iniciativas, propuestas y esfuerzos, pero, además, generar capacidades en los actores sociales y sus instituciones, de modo que colectivamente se pueda construir estrategias de intervención de una manera consciente, concertada y planificada. En otras palabras, es hacer una adecuada gestión de riesgos, en beneficio de la seguridad de nuestras comunidades y de su desarrollo sostenible.
El reto es, más bien, cómo hacer desarrollo en países que presentan condiciones de riesgo: en cómo hacer para reducir los riesgos, en cómo intervenir y transformar esos escenarios de riesgos en los cuales hemos convertido a nuestras ciudades. Reducir los riesgos debe ser un objetivo y eje transversal del desarrollo; solo de este modo podremos asegurar que este sea verdaderamente sostenible y que permita seguir avanzando hacia el logro de los objetivos de desarrollo del milenio. Implica también ubicarnos en el territorio, en el ámbito local de los municipios y las comunidades para acercarnos al cómo y de qué manera estos actores locales —alcaldes, alcaldesas, organismos, instituciones, pobladores y pobladoras, en general— vienen conviviendo y manejando los riesgos de los territorios que habitan, a fin de trabajar en fortalecer sus capacidades para evitar desastres. En fin, nos obliga a que cada acción en pro del desarrollo, por mínima que nos parezca, tenga como condición «no generar más condiciones de riesgo, ni mucho menos, acrecentar los preexistentes».
LA RECUPERACIÓN EN EL CONTEXTO DEL DESARROLLO Y LA REDUCCIÓN DE RIESGOS
En los últimos años el impacto de los desastres ha aumentado en forma exponencial. Estadísticas sobre pérdidas por desastre entre 1975 y 2008 hablan de un total de 2.283.767 muertes, de las cuales más del 50% han sucedido por efecto de megadesastres. Sin embargo el riesgo de pérdidas ha sufrido un aumento más significativo que la mortalidad por desastres. En efecto, si para la década comprendida entre el 1997 y 2007, el riesgo de inundaciones aumentó a nivel global el 13%, las pérdidas por inundaciones sufrieron un aumento que supera el 35%. PONER LA CITA
Estas cifras refuerzan el paradigma de que el riesgo no es exógeno al desarrollo, y que definitivamente está muy vinculado a factores como pobreza, subempleo, falta de acceso a servicios, crecimiento urbano no controlado y medios de vida que no alcanzan a cubrir las necesidades; condiciones a las que se asocian situaciones de riesgo derivadas de la vulnerabilidad de las construcciones y vulnerabilidad de medios de vida entre otros. Si asociado a este panorama, valoramos el impacto que los desastres tienen sobre el empleo y los ingresos, y sobre sectores clave como la agricultura y la industria, vemos que hay una tendencia creciente a que aumente el riesgo de desastre y se profundicen los problemas de pobreza.
Pero además, hay una problemática que profundiza estos factores con posterioridad a los desastres: los procesos no controlados de recuperación, que en algunos países, debido a la recurrencia de los eventos y a la escasa capacidad de gestión, se convierten en procesos continuos que generan escenarios no controlados de riesgo. Esta situación se ve exacerbada cuando vemos que los procesos de recuperación que se han venido dando en la región, por lo general, han estado orientados a la restitución o restauración de las condiciones preexistentes al desastre y, por ende, han favorecido al incremento de las condiciones de vulnerabilidad, tanto de las poblaciones que se vieron afectadas, como también a las no afectadas.
Los desastres pueden constituir una posibilidad de cambio, la oportunidad de cambiar las condiciones y causas que determinaron su ocurrencia. Y es en el marco de los procesos de recuperación que este cambio se hace imprescindible. Estos procesos deben, por tanto, tener como principio fundamental la restauración de la funcionalidad de la sociedad, considerando la equidad de género como uno de sus principios de base y fortaleciendo las capacidades de las y los actores nacionales/locales, con el propósito de reducir los riesgos tanto de las y los afectados como de aquellas poblaciones que, en esa oportunidad, no lo fueron.
En la región prácticamente se vive un contexto de recuperación “permanente”. Hemos dado un salto al lograr involucrar en la agenda del desarrollo el tema de reducción de riesgos, mas no así el enfoque de equidad de género, y no hemos conseguido tampoco -o más bien “nos hemos olvidado”- incluir la recuperación dentro de esas mismas agendas. Es decir no hemos pensado tempranamente en cuáles son las necesidades más apremiantes de recuperación de las y los afectados inmediatamente luego del desastre, ni que mujeres y hombres se ven afectados de forma diferente y por ende tienen necesidades diferentes; ni tampoco impulsado el desarrollo de habilidades y herramientas que permitan conocer y atender de manera planificada esas necesidades, ni mucho menos fortalecer nuestras capacidades para acompañar estos procesos que, generalmente, son totalmente espontáneos y hasta anárquicos. Por lo general las reflexiones y lecciones de los procesos de recuperación que se han dado o vienen dando en la región, quedan en la memoria y recuerdo de quienes lo vivieron o estuvieron presentes en ese proceso. Por tanto, no es posible evaluar cuánto hemos mejorado en nuestras capacidades y competencias para conducir y participar adecuada y eficientemente en procesos de este tipo.
LA RECUPERACIÓN TEMPRANA
Durante una crisis e inmediatamente después, los actores nacionales y la comunidad internacional se centran, primeramente, en satisfacer las necesidades inmediatas para salvar vidas. Hay vidas humanas en riesgo y se requiere de acciones inmediatas para minimizar el daño y restaurar el orden. Sin embargo, desde el inicio hay necesidades que van más allá de las medidas básicas para salvar vidas. Las bases de la recuperación sustentable y el regreso a un desarrollo a largo plazo han de ser planificados desde el inicio de una emergencia humanitaria. El enfoque debería centrarse en el restablecimiento de las capacidades nacionales para poder tener un ambiente seguro, en ofrecer servicios, en restituir medios de vida, en coordinar actividades, en prevenir la repetición de la crisis y crear las condiciones necesarias para el desarrollo futuro.
Las personas afectadas por las crisis a menudo necesitan apoyo para salvar vidas si sus comunidades, instituciones y medios de vida se han visto debilitados o destruidos. La recuperación temprana da comienzo inmediatamente tras el comienzo de una crisis. Se trata del conjunto de decisiones y acciones (tomadas inmediatamente ocurrida la crisis) orientadas a restaurar la funcionalidad de la sociedad en su conjunto. Está pensada para la restauración de servicios sociales básicos, infraestructura, oportunidades para el establecimiento de medios de vida y capacidad de gobierno. Su objeto no se centra en salvar vidas sino en recuperar medios de vida, razón por la que va más allá de la simple reposición de infraestructuras.
Las prioridades son producir resultados inmediatos para las poblaciones más vulnerables y promover oportunidades para la recuperación, una respuesta que evoluciona con el tiempo hacia una recuperación a largo plazo. Esta dimensión de la recuperación, denota que es un proceso de largo plazo, pero por sus características, debe también dar respuestas a la coyuntura, a lo urgente…. Quedando como reto, la armonización entre el corto y el mediano plazo y la necesidad de lograr una respuesta dotada de integralidad.
Según la define PNUD, la Recuperación Temprana es un problema multidimensional y debe abordar no sólo la reposición de viviendas, sino principalmente la restauración de medios de vida, medio ambiente, servicios sociales y gobernabilidad; todo ello con el objeto de reducir riesgos y sobre la base de las capacidades de los gobiernos y de las necesidades y prioridades de los afectados.
Por esta razón debe incorporar y armonizar los esfuerzos de distintos actores y sectores, en un proceso coordinado, concertado y participativo de planificación y programación estratégica, que partiendo de la identificación de las necesidades de los distintos sectores, orienta la intervención (coherente, eficiente, ágil) de los actores de gobierno a distintos niveles, de las agencias del Sistema de Naciones Unidas (SNU), así como a los actores privados y la cooperación internacional.
La transformación es sin duda otro de los desafíos de la recuperación temprana, que abre una oportunidad para que los países puedan revisar las modalidades en las que opera el desarrollo y generar nuevas alternativas a partir de la consideración de las condiciones de riesgo, causas subyacentes de todos y cada uno de los desastres.
Objetivos de la Recuperación Temprana
• Aumentar las operaciones de asistencia de emergencia permanentes a partir de los programas humanitarios, con el objetivo de garantizar que sus contribuciones se conviertan en activos para el desarrollo a largo plazo y por tanto, fomenten la autosuficiencia de las poblaciones afectadas y ayuden a reconstruir los medios de vida (…)
• Apoyar iniciativas de recuperación espontáneas por parte de las comunidades afectadas y cambiar la dinámica de los riesgos y conflictos (…)
• Establecer las bases para una recuperación de largo plazo y para el desarrollo futuro
Principios de la Recuperación Temprana
• Garantizar la apropiación nacional del proceso de recuperación del proceso
• Fomentar capacidades nacionales y locales garantizando que la asistencia técnica complemente los esfuerzos nacionales
• Fomentar la participación en todo el proceso
• Coordinación de actores y acciones
• Definición de prioridades de la recuperación
• Evitar la generación de nuevos riesgos o la reedición de riesgos preexistentes
• Mejora de las medidas de mitigación y estándares de seguridad
• Reorientar iniciativas en curso
• Mejora de condiciones de vida
• Promover la igualdad de género
• Monitoreo, evaluación y aprendizaje
Según la Política del PNUD , la recuperación temprana es la aplicación de principios de desarrollo a las situaciones humanitarias con el fin de estabilizar las capacidades locales y nacionales para que no se deterioren más, de modo de que puedan echar las bases de una recuperación plena y estimular las actividades espontáneas de recuperación dentro de la población afectada. La estabilización y el uso de esas capacidades, a su vez, reduce la cantidad de apoyo humanitario que se necesita. La ayuda para salvar vidas es, sin duda, la principal prioridad en una situación de crisis. Sin embargo, las poblaciones afectadas comienzan al mismo tiempo a buscar modos de reconstruir sus vidas. Un apoyo que dé estabilidad a la situación puede reducir retrasos adicionales y ayudar a crear el camino hacia una recuperación plena.
Esto requiere que todos los actores se centren no sólo en salvar vidas durante las operaciones humanitarias, sino también en evitar más pérdidas de medios de vida y de seguridad que son esenciales para la supervivencia de la población afectada. Desde un comienzo es esencial apoyar, mantener y comenzar a reconstruir las capacidades esenciales nacionales y locales necesarias para tener éxito a largo plazo. Esto se puede conseguir a través de actividades claras de recuperación temprana que ayuden a estabilizar la situación y los esfuerzos inmediatos de modo de identificar oportunidades para una recuperación a largo plazo y, en definitiva, para el desarrollo.
En este sentido, la recuperación temprana comienza tan pronto como sea posible durante las actividades humanitarias. Esto permite a los actores aplicar principios de desarrollo en la fase de ayuda para aprovechar las oportunidades de ir más allá de salvar vidas para contribuir a la recuperación de las capacidades nacionales, los medios de vida y la seguridad humana. La recuperación temprana tiene tres características importantes:
• No es una fase separada en una secuencia continua entre la ayuda y la recuperación. En la mayoría de las situaciones, los diferentes grupos vulnerables y las áreas afectadas se recuperan en tiempos diferentes, así que los esfuerzos de ayuda y recuperación pueden darse simultáneamente. Como resultado, la recuperación temprana se hace paralelamente y al mismo tiempo que los programas de ayuda humanitaria, otorgando fuerza y un objetivo a la recuperación en general.
• En una situación humanitaria, las necesidades y las oportunidades en materia de recuperación temprana se desarrollan y están sujetas a cambios rápidos. Las situaciones pueden progresar, creando nuevas oportunidades, o empeorar, deteniendo las actividades existentes. Esto crea una necesidad continua de sensibilidad y flexibilidad para implementar y ajustar las actividades de recuperación temprana.
• Si bien la recuperación temprana establece el camino para las futuras actividades a largo plazo, es importante distinguir entre programas de recuperación temprana y programas de recuperación. Los programas de recuperación temprana son, por naturaleza, fundacionales. Restablecen y fortalecen las capacidades de los gobiernos a todos los niveles para administrar y dirigir el proceso de recuperación. Al mismo tiempo facilitan las condiciones para que se retomen las principales actividades productivas, los servicios básicos y los programas de seguridad comunitaria. Los programas de recuperación se apoyan sobre estas bases y restablecen la estructura social, política y económica de la sociedad al tiempo que atacan las causas subyacentes de la crisis. Estos programas son a más largo plazo y, generalmente, están basados en una evaluación sistemática y multidimensional de las necesidades, tal como la evaluación de las necesidades posteriores a un conflicto o la evaluación de las necesidades posteriores a un desastre.
ENFOQUE DE GÉNERO
El enfoque de género supone garantizar un análisis diferenciado para mujeres y hombres que busca:
• Disminuir las vulnerabilidades de las mujeres.
• Reducir las brechas de género.
• Contribuir a construir relaciones más equitativas.
• Generar modelos de desarrollo más equitativos.
Es necesario conocer los conceptos básicos desde donde acercarse a esta categoría analítica para lograr entender los fines y los objetivos de la misma: por sexo entendemos el conjunto de características biológicas, genéticamente adquiridas, que organizan a los individuos en dos categorías (hombre-mujer); mientras que género es una connotación social, en el cual se construyen una serie de características y papeles socialmente diferenciados (identidad masculina e identidad femenina), una categoría de análisis.
Estos dos conceptos generan el sistema sexo-género que se caracteriza porque las normas, prácticas, símbolos y valores son elaborados y moldeados socialmente, por lo tanto no son universales y cambian de cultura a cultura. Se basa en estereotipos de lo que es “ser hombre” y “ser mujer”. Puede ser que en algunos lugares lo femenino y lo masculino sea diferente a como lo conocemos, porque así se ha determinado. Por lo tanto, el sistema genérico es dinámico, cambiante y modificable. Otro rasgo importante es que la construcción de género se interrelaciona con otras condiciones y jerarquías dentro de la sociedad. Por ejemplo, la etnia a la que se pertenece, la clase social, la edad, la pertenencia a una comunidad religiosa, etc.
Estas diferencias establecidas, por sí mismas, no provocan desigualdad. Pero en el momento en que el grupo social les asigna un valor a estas diferencias (los hombres valen más que las mujeres), esta situación, cambia y se producen las desigualdades en el desarrollo y el bienestar de mujeres y hombres. Esta desigualdad, denominadas desigualdades de género, o brechas, impiden que ambos géneros tengan el mismo acceso a oportunidades para su desarrollo personal y colectivo. Ninguna persona por ella misma se ha propuesto estar en condiciones de superioridad o inferioridad, pero su ubicación en la jerarquía de género le asigna un lugar en alguna de estas posiciones.
La teoría de género, el enfoque de género ha permitido conocer los contenidos de la desigualdad. Estos contenidos se ven expresados y toman formas diferentes en todos los espacios en los que se relacionan mujeres y hombres y en todas las acciones que ambos realizan. La teoría de género ha analizado también las actividades que realiza el género masculino y las que realiza el género femenino, y son otorgadas en función del sexo de la persona. Existe una división genérica del trabajo, pero también de los deportes, la política, la economía, la cultura y todas las actividades que se realizan en la sociedad. La división del trabajo es un proceso por el cual se asignan y distribuyen diferencialmente las tareas, los espacios en los que se efectúan, las responsabilidades que se establecen para el cumplimiento o no de las tareas, los recursos para llevarlas a cabo y el control de los beneficios que se generan a partir de esas actividades.
El género atribuye a mujeres y a hombres ciertas destrezas y habilidades, lo que conduce a una asignación de tareas y responsabilidades particulares de acuerdo con su identidad tradicionalmente asignada: Rol de proveedor de la familia para el género masculino y de reproductora de la familia para el género femenino. Básicamente, el trabajo de los seres humanos se desarrolla en tres ámbitos:
• Trabajo reproductivo : Comprende las actividades relacionadas con la reproducción biológica, además de las que corresponden al mantenimiento de la familia, la socialización y educación de niñas y niños, cuidado de la salud, alimentación y todas las tareas que esto implique.
• Trabajo productivo: incluye aquellas actividades que generan ingresos, bienes, servicios o beneficios para consumo propio o para su comercialización en el mercado, con las que se asegura la reproducción familiar.
• Trabajo comunal o comunitario: Se refiere a todas aquellas actividades que se realizan en la comunidad para asegurar la reproducción familiar, la defensa y mejora de las condiciones de vida y de la organización comunal.
Pero no sólo en el trabajo, también en la participación en la toma de decisiones y ejercicio del poder es desigual, tanto en el ámbito privado como en el público. Normalmente las mujeres tienen menos acceso a la toma de decisiones, a los recursos, a los beneficios. Esto limita el acceso a las oportunidades de desarrollo.
Ante todo esto la categoría de género analiza:
• Condición: Se refiere a las condiciones en las que se vive, es decir, a la situación de vida de las personas. Apunta específicamente a las llamadas necesidades prácticas (pobreza, acceso a servicios, a recursos productivos, a la salud y educación, entre otras).
• Posición: Remite a la ubicación y al reconocimiento social, al status asignado a las mujeres en relación con los hombres o viceversa (inclusión en los espacios de toma de decisiones, en el ámbito comunitario, iguales salarios por igual trabajo, impedimentos para acceder a la educación y a la capacitación, por ejemplo).
• Necesidades e intereses prácticos: Son las resultantes de las carencias materiales y la insatisfacción de necesidades básicas, están relacionadas con la sobrevivencia: abrigo, alimentación, agua, casa, entre otras. Tienden a ser inmediatas, urgentes y se relacionan con necesidades diarias (condición): alimentación, alojamiento, ingreso económico, salud de los(as) hijos(as), entre otras. Por otro lado suelen ser fácilmente identificables y satisfechas mediante provisión de insumos específicos: alimento, bombas de agua, clínica
• Necesidades e intereses estratégicos: Son aquellos que permiten colocar a las personas en una mejor posición en la sociedad. Comprenden aspectos como la participación ciudadana, las posibilidades de decidir en condiciones de igualdad, la autonomía y solidaridad, las oportunidades de capacitación y formación, desigualdad respecto a la toma de decisiones, acceso y decisión sobre el control y uso de los recursos, barreras culturales para la participación en igualdad de condiciones en los ámbitos público y privado.
Estas suelen ser de largo plazo (son procesos) y pueden encararse mediante la creación de conciencia, aumento de la autoconfianza, educación, fortalecimiento organizacional, movilización política, ciudadanía plena.
PLANIFICACIÓN CON ENFOQUE DE GÉNERO
Uno de los retos de la Gestión de Riesgos con Enfoque de Género (GREG) es incorporar la gestión de riesgos en la planificación del desarrollo en los países, de esta manera se lograría efectuar acercamiento integral, desde todas las perspectivas.
La expresión "proceso de planificación" es usada de manera genérica para describir las tres etapas, de lo que esencialmente es un proceso continuo:
• Formulación de política: el proceso de toma de decisiones sociales y políticas acerca de cómo asignar recursos para las necesidades e intereses de la sociedad, que concluye en la formulación de una estrategia de política.
• Planificación: el proceso de la implementación de la política, que a menudo concluye en un plan.
• Organización de la implementación: el proceso de acción administrativa para entregar el programa diseñado, que a menudo resulta en un producto acabado.
La distinción entre diferentes etapas del proceso de planificación es clave: por ejemplo, como señala Carolina Moser: “allí donde hay ceguera frente al género en la formulación de políticas es probable que ocurra uno de dos problemas. Primero, no se reconoce que las mujeres son importantes en el proceso del desarrollo y simplemente se les excluye en el nivel de la formulación de políticas. Segundo, en virtud de ciertos prejuicios, la política de desarrollo, aun cuando ella es consciente del importante rol de las mujeres en los procesos de desarrollo, a menudo "pierde" a las mujeres, y en consecuencia no llega a desarrollar una política de género coherentemente formulada.”
En términos generales, el proceso de planificación con enfoque de género comprende los siguientes aspectos, que en la práctica se desarrollan de manera simultánea:
El proceso de planeación para la formulación de proyectos de desarrollo, requiere hacerse de manera ordenada y continua, e incluye: programación, ejecución, evaluación, reflexión y ajuste y reinicio del proceso; es una actividad circular, que permite realizar ajustes cuando se requieren
La planeación estratégica que establece metas a lograr, a partir de estrategias y políticas definidas, y con programaciones detalladas a corto y mediano plazo y con proyecciones al largo plazo; una exigencia de esta metodología es la participación directa de personas y organizaciones involucradas en los proyectos.
La incorporación del enfoque de género que precisa necesidades, intereses, potencialidades, necesidades de hombres y mujeres y se basa en las experiencias, los problemas, los logros de las personas, contribuye a la eficiencia y efectividad de los procesos, introduce nuevas variables; se fundamenta en la equidad y la igualdad.
La Planificación con enfoque de género es el resultado de este proceso. Por lo tanto se debe reconocer que debido a que la mujer y el hombre desempeñan diferentes roles en la sociedad, a menudo tienen distintas necesidades, y es necesario que se promueva la igualdad entre mujeres y hombres. Ello parte de reconocer las desigualdades producidas por la dinámica de las relaciones de género, la forma en que estas inequidades influyen en las posibilidades de actuación y realización de las personas, y con esta base definir acciones correctivas concretas. Para su adecuada aplicación requiere:
Voluntad política desde las instancias de toma de decisiones para incorporar el enfoque de género.
Conocimiento técnico sobre el tema por quienes participan.
Procesos participativos de todos los niveles involucrados.
Las principales herramientas para la planificación de la gestión de riesgos de desastres con enfoque de género son:
A) Las políticas públicas de gestión de riesgos que incorporen el enfoque de género.
B) Reglamentos de implementación de la política que consideren el enfoque de género.
C) Los planes de emergencia.
D) Programas y proyectos que incorporen igualmente la perspectiva de género.
E) Acciones de prevención, mitigación, atención a emergencia, recuperación temprana, rehabilitación y reconstrucción que tengan en cuenta las diferencias entre mujeres y hombres.
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lo que mas me llamo la atencion fue, la planificacion con enfoque de genero
ResponderSuprimirwilder salazar gomez
ESAP POPAYAN