Y recordé la frase con entusiasmo, porque el autor del «Síndrome» no hizo solamente una ineludible investigación histórica sobre nuestro pasado y la urdimbre política actual, sino que también puso en práctica - con la exigencia que le confieren las disciplinas propias de su formación, la Sociología y la Economía- una adecuada metodología a fin de brindarnos una interesante y necesaria radiografía de nuestra cultura política.
Yo diría que este trabajo radiográfico es similar, en muchos de sus aspectos, a la labor de una Arqueología Socio- Política, con la intención de mostrar los estamentos o capas histórico- culturales de nuestro país, desde sus orígenes hasta nuestros días.
Posiblemente todo ello causará en nuestro ámbito político - por la descarnada franqueza de la exposición- un escozor semejante al que provocó, salvando los contextos y las distancias, el psicoanalista Sigmund Freud, allá por los años treinta, con su obra EL MALESTAR EN LA CULTURA, al poner en evidencia- mediante una Arqueología del Sujeto y de la Cultura- las verdades, las madejas y trenzas lógicas «no racionales» de la historia de la humanidad con su gusto y su imperiosa necesidad por lo irracional, la mentira, el ocultamiento, la crueldad, la agresividad, la destrucción como sistema, y la pulsión de muerte.
Signos todos estos, desgraciadamente, aun vigentes en nuestra personalidad nacional. Somos el país que todavía, sin querer darse muy claramente cuenta, recoge a diario las migajas de Pedrarias y burlescamente alimenta con ellas la vida política y cultural cotidiana, con la típica actitud del Gueguense que todos - en mayor o menor grado- somos, pero considerándo esa actitud como una más de nuestras legítimas reacciones ante El Síndrome.de Pedrarias.
¡Doblemente dolorosa podría resultar esta posible verdad, ya que ante el Pedrarias que íbamos siendo a medida que hacíamos historia, también tuvimos que comenzar- para sobrevivir ante nosotros mismos- a mentir y a ingeniarnos para estructurar una cultura de la dualidad y de las máscaras, de la señal con los dedos de las manos y la mueca hipócrita, a reír ante la tragedia y a bailar y cantar ante la muerte, a fin de poder vivir políticamente como oprimidos y agresores al mismo tiempo!.
También, en la obra antes aludida, se advierte una preocupación por retomar constantemente el lacerante tema de la identidad nacional en relación a esa insana capacidad que tenemos los nicaraguenses para la calca cultural y la copia política. Ya filósofos latinoamericanos como: Leopoldo Zea, Salazar Bondy, Dussel, Adolfo Sánchez Vásquez, y Alejandro Serrano Caldera en Nicaragua- solo para mencionar algunos de los importantes entre otros más- han escrito reiteradamente sobre el desdichado prurito del Hispanoamericano en general, a partir sobre todo de la Independencia, de querer ser, no solo semejante, si no igual al francés, al inglés o al norteamericano. Queremos ser Europeos o hijos dilectos del Imperio. Copiamos los modelos extranjeros y vivimos lamentando nuestros errores como si tampoco fueran nuestros. No alcanzamos a tocar nuestra propia identidad, es decir, ser lo que en realidad somos. Con razón afirma el filósofo venezolano Mayz Vallenilla en su obra - «El Problema de América»- que el Hispanoamericano «es el hombre que no es siempre todavía», ya que está constantemente a la expectativa de lo que quisiera ser pero sin atreverse a dejar de calcar y copiar los modelos políticos y culturales que no son de él.
Es lamentable que el Síndrome de Pedrarias del que padecemos los nicaraguenses, nos impida la mayor parte de las veces reflexionar con seriedad y originalidad sobre nuestra propia historia.
Yo me atrevería a decir que existe un eje maestro olvidado de nuestra historia y que pudiera ser el punto pedagógico de partida para el análisis de nuestro presente cultural y político y la consecuente prospectiva de independencia ante ese prurito de copia y de calca indiscriminada.
Me refiero a un eje que pudiéramos llamar: Cacique Nicaragua. Este eje lo podemos hacer girar alrededor del cuestionamiento que se hicieron por primera vez, en el ámbito de nuestra historia, dos mundos diferentes, dos maneras de ser distintas, y dos modos de existir diametralmente opuestas. En Nicaragua la pregunta por el Ser se hizo desde la perspectiva de la Identidad y en la existencia. En ningún país Europeo se hacía en ese entonces - desde la gran filosofía- una pregunta semejante. La gran filosofía mediterránea y europea- desde las abstracciones de Parménides hasta los vitalismos de Nieztche y los existencialismos de Heidegger y Sartre- tardó algunos siglos en hacérsela de manera tan radical.
Nosotros la teníamos ya planteada como raíz desde los tiempos pre-hispánicos y cuando la hicimos pública, no para copiar sino para afirmarnos, la respuesta obtenida fue la muerte. Cuando Nicaragua se preguntó: ¿porqué no se me ha de permitir ser lo que soy y como soy?, inmediatamente después del diálogo con el conquistador Gil González, lo que tuvo que hacer fue declarar la guerra y luego sufrir el asesinato a traición, porque no podía, ni él ni su pueblo, dejar de Ser. !Terrible inicio de una nueva era, y más terrible aun cuando siglos después, en pleno auge del Síndrome, en la carne de Sandino se sufre nuevamente otro asesinato de nuestra Identidad a manos de la reencarnación de Pedrarias en la figura de Somoza García.
Se nos impone una reflexión en forma de varias preguntas: ¿No es parte estructural del «Síndrome», no solamente la historia y la cultura originada por Pedro Arias de Avila, si no que también la vivida antes de la Conquista?. ¿No es nuestra afirmación de Identidad anterior a la negación de la misma?. ¿No es la negación de nuestra Identidad actual la síntesis de esos dos sucesos mal asimilados y menospreciados por nosotros- lo pre-hispánico y lo hispánico como dos cara de una misma moneda? ¿Será posible afirmar solo lo uno excluyendo lo otro?. ¿No son dos momentos de una misma génesis?. Creo que un hispanismo exacerbado y no saludable, debido a ese prurito - síntoma del Síndrome- de querer ser como los otros por medio de la imitación y la calca, no nos ha permitido repensar adecuadamente este aspecto paradójico y bicorne del Síndrome.de Pedrarias.
Todo pareciera indicar que en Nicaragua sentimos una especie de horror al situarnos frente a nuestra propia identidad. Preferimos, desgraciadamente, convivir con solamente una de las aristas del Síndrome.....y es entonces cuando recurrimos con jocosidad a la máscara del Gueguense.
Se impone también hacer unas rápidas reflexiones sobre aspectos que no deberíamos olvidar ya que en nuestro país dichos asuntos han tenido una impronta que merece urgente estudio. Me refiero al excluido papel de la mujer- tanto en el anverso como en el reverso de su historia, es decir, negativa y positivamente- en el corazón mismo del Síndrome de Pedrarias.
Más concretamente, y apegado a la historia, me refiero al papel de las mujeres prehispánicas y al papel de las Pedrarias, esposa e hija del Dávila. Por mujeres prehispánicas entiendo, de manera extensa, aquellas- según los documentos- ante las cuales el Cacique Nicaragua elevó a consulta la problemática sobre el Ser, porque ya ellas existían antes de la conversación y pregunta con el conquistador.
Si estas reflexiones no tuvieran su base sustantiva en documentos oficiales y de credibilidad a toda prueba, no las consideraría apropiadas ni oportunas para anotarlas. Pero resulta, para disgusto de muchos- y ese disgusto no es más que un síntoma de exclusión del Síndrome- que todo ello está debidamente registrado en la llamada historia oficial, así como en la colección de documentos originales que se encuentran en El Archivo de Indias en Sevilla- y reproducidos en la Colección Somoza o Dávila Bolaños- así como magistralmente refrendados y comentados en su oportunidad por Fray Bartolomé de Las Casas en lo que se refiere a la esposa e hija del Furor Domini.
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Cuando el autor del «Síndrome» hace referencia al nepotismo, al continuismo, al desprecio a la ley, al asesinato político, a las tensiones Estado- Iglesia, al engaño, a la mentira, y a la corrupción social, no debemos olvidar los papeles determinantes que jugaron la esposa del Gobernador Pedro Arias, Doña Isabel de Bobadilla, y su hija, Doña María de Peñaloza, mujer también del Gobernador Rodrigo de Contreras y que dio inicio al despiadado continuismo político en la en aquel entonces provincia de Nicaragua.
Una degradante y sórdida dimensión de la corrupción social - que en tiempos del dictador Somoza García sería administrada en uno de sus aspectos- el burdelesco- por la Guardia Nacional, se origina siglos antes oficialmente con Pedrarias, y a su muerte, continúa con su viuda e hija, primero en El Realejo y luego en Granada. Baste leer lo que nos dicen dos de los múltiples documentos de la Colección Dávila Bolaños, en los tomos VI y XV, páginas 198 y 121, respectivamente, para quitarnos toda duda.
Solo analizando en detalle y con profundidad la dimensión femenina del Síndrome de Pedrarias,- la prehispánica y la posterior- es que se podrá comprender a plenitud el proceso integral de la conformación de nuestra identidad.
Recordemos que la figura de Isabel de Bobadilla, mujer de Pedrarias y abnegada continuadora de todo lo que él representaba, actuó, no detrás del trono- como dice el dicho popular- sino que fue una diligente embajadora de su marido ante los propios Reyes de España, permaneciendo durante años en la Península a fin de ocultar los desmanes de su Pedrarias en el Nuevo Mundo. Ella era, según abundantes documentos históricos, la que en todo momento convencía a los Monarcas y a toda España, de que su Pedrarias era justo y probo. Esto es historia y no ficción, aunque cueste digerirlo. Analizar el Síndrome con objetividad no es antihispanismo, como a veces se ha querido interpretar.
Algo se ha escrito y dicho en Nicaragua en torno a Isabel de Bobadilla y de María de Peñaloza, pero en contraposición a lo que expresan los documentos, y ello podrá tener algún valor literario, pero no por eso dejará de ser antihistórico. Creo que ya debemos de retomar en serio nuestra historia para no continuar irrespetándola en nombre de lo Académico o las Academias- como lo han evidenciado algunas profesoras de literatura hispanoamericana- o en nombre de la literatura inconsecuente, como en las narraciones de: «La Niña Blanca y Los Pájaros sin Pies». Cuando esto se hizo en el siglo pasado, la excusa pudo haber sido la falta de documentación propia de la época, pero hoy en día resulta inadmisible.
La Bobadilla - expresándolo por medio de una metáfora- sería, si viviera el día de hoy, la que utilizando el engaño y la mentira, convencería, al gobierno de turno, como antes a la Monarquía, para que no se ejercieran, por ejemplo, los controles que deben hacer la Contraloría General de la República, la Corte Suprema de Justicia y la Super Intendencia de Bancos, por mencionar solamente algunos aspectos de ese nefasto Síndrome de Pedrarias que a lo largo de nuestra historia ha adquirido formas tan extrañas y diversas para manifestarse. Esta fue una de las primeras facetas del Síndrome: el ocultamiento de la verdad, la mentira para sostener el poder, el engaño y el cabildeo culposo, además de lo ya expresado anteriormente en relación a la prostitución.
Recordemos también a María de Peñaloza, hija de Pedrarias, fruto del nepotismo, promoviendo ella misma los primeros grandes conflictos entre el Estado y la Iglesia al fraguar y concretar el primer asesinato político -religioso del Nuevo Mundo en la persona del obispo Valdivieso, principal aliado del gran defensor de los indios, Fray Bartolomé de Las Casas. Ella igualmente se encargará de propiciar, en contubernio con sus hijos, el desprecio a la ley y de recrear- después de los asesinatos de Balboa y de Hernández de Córdoba- los episodios más sangrientos a causa del inicio del continuismo político en flagrante desacato y violación a las Leyes Nuevas de entonces, que precisamente pretendían, al menos teoréticamente, ponerle freno a los peligros del continuismo y a la crueldad imperante en el Nuevo Mundo,.
Metafóricamente, y salvando las distancias y el tiempo, fue el primer acto oficial de desacato a lo que hoy llamamos la Constitución Política de la República.
Si excluímos esos aspectos de nuestros análisis, será muy difícil- sobre todo para las nuevas generaciones - explicar el porqué y el cómo siglos después surgen las relevantemente tristes y activas presencias en nuestra vida cultural, social, política y económica, de mujeres como Salvadora Debayle, Hope Portocarrero, Nicolasa Sevilla y Dinora Sampson, solo para mencionar algunas. Como contrapartida a esas terribles figuras, igualmente se impone un análisis minucioso de las extraordinarias mujeres que también le dieron otras dimensiones a nuestra historia y que han forjado con sacrificios y sangre, genio y talento, garbo y talante, honestidad y valentía, sobresalientes valores éticos y morales a nuestra desarticulada identidad. Creo no equivocarme al afirmar que dentro de los grandes ejemplos de la historia de América Indo-Hispana, la participación heroica y abnegada de la mujer nicaraguense en la gran tarea de la estructuración de la identidad nacional, no tiene tantos paralelos. Pero esto hace falta decirlo con orgullo y sin exclusiones, venciendo el Síndrome.
La dimensión femenina del Síndrome de Pedrarias nos debe dar qué pensar no solo para tratar de conceptualizar integralmente nuestra identidad, sino que también para tomar prudentemente todas las medidas cautelares, tanto en el presente que estamos viviendo como en el porvenir por hacer.
Algunas de esas mujeres fueron las herederas directas del forjador del Síndrome, y otras, en la urdimbre del desarrollo y la apoteosis del mismo, sus consecuencias negativas y positivas en el tiempo.
Insisto en que tampoco sería adecuado repensar este tema sin tener en cuenta que el Cacique Nicaragua, según las Crónicas de Indias y otros documentos, consultó con sus mujeres si le hacía la guerra o no a los que deseaban impedir que su nación continuara siendo como debía de ser. Ellas jugaron su papel tanto en el tuétano mismo de la pregunta por el Ser como en su posterior desgarramiento dando espacio y vida al Síndrome. Nuestras raíces filosóficas primigenias se nutren del elemento mujer de una manera muy original, y esto, hasta donde llego a saber, no se ha dado con intensidad y peculiaridad semejante en algún otro país de la América Indo -Hispana.
Recordemos tan solo por un momento cómo después del asesinato del Cacique Nicaragua las mujeres llamadas indias prefirieron, la mayor parte de ellas, expulsar las semillas de sus vientres con tal de no dárselas a los usurpadores de su identidad. O se colgaban de los árboles o se abrían el pecho en dos a golpe de pedernal. Y tampoco olvidemos que los conquistadores le pidieron -en el ámbito de la exigencia- a los indios varones, que convencieran a sus mujeres a fin de que desistieran de este y otros empeños, porque de lo contrario sería más elevado el costo para todos. ¡El conquistador frente a la mujer que no se da por vencida.....por no querer perder su identidad!.
Para no concluir sin al menos un vestigio de optimismo, creo necesario mencionar, que pese al Síndrome, dichosamente, los nicaraguenses nos hemos permitido estructurar- en medio de los grandes y catastróficos desaciertos políticos y sociales propios de dicho Síndrome- una creación artística en su sentido más amplio y de conjunto, que es tal vez una de las más originales y contundentes en la América Indo-Hispana. Pero, ¿es esto suficiente?. ¿No podría este elogio ser un alibí al que nos hemos ido acostumbrando a fin de conformarnos con el Síndrome?. Para responder estas preguntas se impone una urgente reflexión sobre el Síndrome, pero en su integralidad de anverso y reverso y de temporalidad, porque si Nicaragua no modifica su presente ya, se queda sin futuro.
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